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Estigma y obesidad: cómo informar sin culpar y mejorar el acceso a la salud

La obesidad es una enfermedad crónica, compleja y multifactorial. Pero aún se cuenta —demasiadas veces— como un “fallo individual”. Ese enfoque no solo es injusto: también empeora la prevención, retrasa el diagnóstico, dificulta el acceso a tratamiento y amplifica desigualdades. La SEEN alerta de que el estigma afecta hasta al 88% de las personas que viven con obesidad.

En el Instituto ProPatiens defendemos un sistema sanitario más centrado en el paciente. Y eso también implica cómo comunicamos.

  • La obesidad es una enfermedad, no un problema estético ni una cuestión de “fuerza de voluntad”.
  • El estigma es frecuente y tiene efectos en salud: evita consultas, empeora la relación clínica y limita el acceso.
  • Las palabras e imágenes importan: “personas con obesidad” es preferible a “personas obesas”; evitar fotos deshumanizantes o estereotipadas.
  • A escala global, en 2022 hubo 2.500 millones de adultos con sobrepeso y más de 890 millones con obesidad.
  • En España, algunas estimaciones sitúan la obesidad adulta en torno al 21,6% y proyectan un crecimiento relevante hacia 2035 si no se actúa de forma estructural.

Por qué el estigma es un problema de salud pública (no “solo” de comunicación)

Hablar de obesidad desde el juicio (“se lo ha buscado”, “falta de disciplina”) crea un entorno que empuja al silencio. El resultado es conocido por pacientes y profesionales:

  • Retraso en la búsqueda de ayuda y evitación de consultas por miedo a ser culpabilizado.
  • Peor experiencia asistencial y pérdida de confianza en el sistema.
  • Menor acceso a recursos (incluidos programas de abordaje y seguimiento), especialmente en contextos vulnerables.

La SEEN insiste en la necesidad de vincular obesidad con enfermedad crónica y multifactorial, y en el papel de los medios para no reforzar prejuicios.

Además, el propio material compartido por SEEN subraya la doble desigualdad: vivir con obesidad y, a la vez, tener más barreras de acceso a atención sanitaria en poblaciones desfavorecidas.

Obesidad: enfermedad compleja, causas múltiples, respuestas múltiples

A nivel global, la OMS viene documentando un aumento sostenido del exceso de peso y la obesidad, tanto por su magnitud como por su impacto en salud. Ese contexto importa porque obliga a cambiar el marco desde el que informamos y actuamos: cuando la obesidad se presenta como un problema de “fuerza de voluntad” o como una consecuencia automática de hábitos individuales, se simplifica una realidad que es mucho más compleja y, además, se refuerzan prejuicios que acaban convirtiéndose en barreras de acceso.

La obesidad es una enfermedad crónica y multifactorial en la que confluyen elementos del entorno y de la biología, junto con condiciones sociales que no se reparten de forma equitativa. El nivel de renta, la educación, el tipo de empleo, los horarios y el barrio en el que se vive moldean de manera muy directa la alimentación posible, la actividad física realista y el nivel de estrés cotidiano. A esto se suma un entorno “obesogénico” que facilita decisiones poco saludables —por precio, disponibilidad o presión comercial— y que penaliza especialmente a quienes tienen menos margen de elección. Por eso, hablar de obesidad sin incorporar determinantes sociales es dejar fuera una parte esencial de la explicación… y de la solución.

También hay factores biológicos y metabólicos que condicionan el riesgo, la evolución y la respuesta a las intervenciones. La genética, los mecanismos de regulación del apetito y la saciedad, las adaptaciones del metabolismo tras pérdidas de peso, ciertas comorbilidades y tratamientos, e incluso cambios hormonales a lo largo de la vida influyen de forma significativa. Ignorar este componente hace que muchas personas vivan su situación como un fracaso personal cuando, en realidad, están enfrentándose a un cuadro clínico que requiere abordaje continuado, seguimiento y recursos, igual que otras enfermedades crónicas.

Otro ángulo clave es la salud mental y las experiencias de vida. El estrés persistente, el sueño insuficiente, la ansiedad o la depresión, así como experiencias adversas, pueden actuar como desencadenantes o amplificadores del problema. Y, a la vez, el estigma asociado al peso puede empeorar el bienestar emocional, generar aislamiento y dificultar la búsqueda de ayuda. Es un círculo que no se rompe con mensajes culpabilizadores, sino con atención sanitaria accesible, comunicación respetuosa y apoyos que contemplen la realidad de cada persona.

Finalmente, todo esto solo tiene sentido si se aterriza en algo muy concreto: el acceso real a prevención, diagnóstico y tratamiento. No basta con recomendaciones genéricas si no existen circuitos claros, equipos formados, tiempos de consulta adecuados, derivación cuando procede y continuidad asistencial. Y tampoco si el sistema —o la sociedad— penaliza a la persona en lugar de acompañarla. Tratar la obesidad como enfermedad no “quita” responsabilidad individual; la sitúa donde toca, dentro de un marco que reconoce límites, desigualdades y condicionantes. Ese cambio de mirada es, precisamente, lo que evita que el sistema abandone a las personas y lo que abre la puerta a respuestas eficaces, sostenibles y centradas en el paciente.

Documentos clave para una cobertura mediática responsable:

La SEEN está elaborando un documento sobre el lenguaje respetuoso para referirse a las personas con esta patología y otras enfermedades propias de la especialidad. Asimismo, publicará próximamente la segunda edición de la guía ‘Abordaje de la obesidad en el adulto’, en la que ha colaborado el nuevo Grupo Desigualdad y Estigma, perteneciente a su Área de Obesidad.

Además, la SEEN también cuenta ya con una guía orientada a los medios de comunicación elaborada con la Sociedad Española de Obesidad (SEEDO) y la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), sobre cómo combatir la estigmatización.

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